Riñas de Gallos Alfredo Ebelot PDF Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   
Viernes, 04 de Diciembre de 2009 19:32
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RIÑAS DE GALLOS ALFREDO EBELOT

 

“Los conocía desde Buenos Aires, en que no pasan de ser tolerados, y tienen un edifi cio
propio que recibe cada domingo un centenar de afi cionados, verifi cándose las riñas con
una seriedad escasamente pintoresca. ¡Qué distintas eran las cosas en la Banda Oriental! El
reñidero se instalaba en el patio de una confi tería, al pie de dos o tres raquíticos naranjos.
Bastaba al efecto un pequeño circo portátil de lona, con tan liviana armazón de madera que
podía llevarse con una sola mano.
En el fondo del patio estaban en línea las jaulas de los gallos de riña, cuidados con
tanto esmero como un stud de parejeros. Cada habitante tenía su nombre y genealogía
-generalmente oral, sin duda-. Para que pueda llevarse un studbook en regla, será preciso
que el leer y escribir se generalicen entre los apostadores.
Apenas armado el circo y guarnecido su interior con una capa de linda arena, los jugadores
acudieron. Cada uno llevaba debajo del brazo su gallo tapado con un poncho, y se hicieron
las apuestas: “¿Cuánto pesa su gallo? “Tantas libras”. “El mío pesa solamente tantas”.
Tratan de oponer uno a otro dos gallos del mismo peso, cuando sus demás condiciones son
análogas. Pero tal gallito todo nervios podrá competir ventajosamente con un gallo grande
todo huesos.
Esto depende de la casta, de la preparación, de la destreza en la esgrima de la púa, de los
antecedentes del padre, de gloriosa memoria. Son otras tantas cuestiones que se discuten
horas enteras entre dueños de gallos. Los que quieren apostar miran, escuchan, toman
apuntes mentales, palpan sus pesos de plata en el bolsillo, al establecer el cálculo de sus
pollas, sin juego de palabras, absorto el pensamiento y relucientes los ojos.
En fi n, se pusieron dos gallos en presencia. Uno era viejo, pelado y tuerto. Su dueño era un
gaucho ya entrado en años que se le parecía bajo varios conceptos. Por lo demás bien en
punto, nada cargado en carnes, superiormente preparado -el gallo, se entiende-, y diestro,
según se decía, como el diablo para pegar en plena garganta al adversario.
El otro era un gallo nuevito que se estrenaba. Su padre había sido célebre, su madre era
cualquier cosa. Le faltaba, aseguraba su propietario, cuatro o cinco días de preparación.
Un criador serio de gallos avalúa esto con una aproximación de horas. Pero el gaucho viejo
sostenía que esta aserción no pasaba de un ardid, que se hallaba en el estado preciso.
El gallito arrancó bien. Tenía furia. Abusaba tal vez del pico, ensangrentando la cabeza de
su contrario; pero si no consiguen hundir el cráneo, tales golpes no son decisivos. Dos o tres
puazos que dirigió el viejo, y que me parecieron fi rmes, determinaron, a pesar de esto, una
baja en sus acciones. “Es torpe”, decían los entendidos, y el viejo gaucho aumentaba sus
apuestas, jugaba contra todo el mundo.
Su gallo, chorreando sangre, erizadas las plumas, se cansaba visiblemente. El gallo nuevito
adquiría mayor fi jeza a medida que se le apagaban los bríos. Los últimos cinco minutos
-el asalto duró unos veinte- fueron palpitaciones. El gallo viejo, con su único ojo tapado
por la sangre, ocultó su cabeza, que laceraba el terrible pico, debajo del ala del otro, y
ambos dieron vueltas algún tiempo sin que hubiese forma que la sacase. Las apuestas se
multiplicaban rápida y gravemente, en voz baja

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Última actualización el Viernes, 04 de Diciembre de 2009 19:43
 
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