Lea los mejores temas sobre gallos

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LOS GALLOS EN LATINOAMÉRICA Y EL MUNDO/LOS GALLOS EN LATINOAMÉRICA Y EL MUNDO
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Las Riñas de Gallos (Argentina)


Tan remotas como los juegos de taba y las corridas de toros, las riñas de gallos arribaron a nuestras costas en los pesados galeones de la Conquista y prosperaron hasta que la evolución de las costumbres, las leyes de "protección de animales" y las disposiciones contra los "juegos de apuestas", comenzaron a desplazarlas y concluyeron con su prohibición absoluta. Hasta el siglo XVIII existieron en nuestro medio algunas "gálleras" precarias, improvisadas, en realidad, en las proximidades de las pulperías o en las casas de vecinos aficionados, con una duración que no excedía la de las peleas concertadas. Entre los primeros "reñideros" estables se cita el que instaló en 1767, en la ciudad de Buenos Aires, el "gallero" José de Alvarado, cerca de la plaza Monserrat (Manuel Bilbao, Tradiciones argentinas), y existen noticias sobre los trámites que se realizaron en 1785 -en tiempos del virrey del Campo- para la habilitación de una Casa de Gallos, proyecto del que fue ferviente animador el aficionado don Manuel Melián. Se conoce, también, lo relativo a la habilitación de "reñideros" para "pardos y gente baja, para evitar algunas discusiones que hay en el otro reñidero con los señores", trámite que no llegó a prosperar pero, que informa con suficiente claridad sobre la existencia de "líneas" de clase y de color. Durante el período colonial la existencia de las "canchas", "reñideros" o "casas de gallos" estaba cuidadosamente reglamentada, y las mismas pagaban impuestos especiales, que se destinaban frecuentemente a las llamadas Rentas de Propios y Arbitrios. Entre los "reñideros" que existieron con posterioridad gozó de gran renombre el que poseía el empresario José Rivero en la calle Venezuela, con butacas y amplia gradería de tipo circense. Para las riñas se empleaban gallos de razas especiales, como la Aseel o Calcuta, de origen indio, la de Brujas (belga), la Inglesa (traída a comienzos del siglo XIX por marineros ingleses, que vendían cada gallo a 30 ó 40 pesos fuertes) y la Malaya; puras o cruzadas entre sí, o con faisanes, para asegurar su ferocidad natural. Se trataba en general de animales de formas magras y estilizadas, de poco peso, cabeza corta, pico ligeramente corvo, ojo
vivaz, cogote largo, patas robustas, provistas de fuertes espolones naturales, y plumaje brillante, duro y colorido. Por el tipo de plumaje se los diferenciaba en giros, blancos, naranjos barbuchos, bataraces, giros reales, colorados, cenizos oscuros, overol, giros negros, congos, torcazos, pintos, giros naranjos, capelos, cenizos giros, etc. Los populares giros se caracterizaban por su reluciente plumaje amarillo oro o rojizo, con reflejos metálicos (en la golilla, dorso y parte de las alas), con zonas negras, o con pintas negras y blancas (en muslos, lomo, rabadilla y cola). La tenencia y cría de gallos era aficción tan extendida como las mismas riñas, y se los podía ver en gallineros humildes o en -las galleras de grandes criadores como los generales Angel Pacheco y Manuel Hornos, el coronel Hilario Lagos, Manuel Gazcón. Juan Salvador Boucau, Carlos María Bazo y muchos otros. La preparación de los gallos para la pelea constituía una verdadera ciencia, que requería el concurso de "compositores" experimentados y responsables. Entresacando información de diversas fuentes y procedencias, trataremos de ofrecer un cuadro sintético de los complejos y concienzudos "aprontes" que precedían a la riña propiamente dicha. Al gallo seleccionado, por los antecedentes de su padre, por la estridencia de su canto o por sus manifestaciones espontáneas de agresividad se lo mantenía aparte, en lugar limpio y reparado, generalmente sin contacto con las gallinas, para que "juntase fuerza" y para evitar el contagio del "moquillo", la "pepita" y las "llagas". Para mantenerlo en peso -entre las 4 ó 6 libras que debía pesar el día de la pelea- se le racionaban el agua y la alimentación, que según Saubidet consistía principalmente en maíz cuarentón, pizingallo blanco y algo de trigo candeal. Periódicamente se lo purgaba con aceite de castor para limpiarlo de impurezas, y se le suministraban friegas en los muslos con aguardiente o alcohol rebajado. Una vez en estado comenzaban los "vareos", que consistían en una serie de ejercicios que había que realizar con mucha paciencia y habilidad para fortalecerle las patas y las alas. En el "voladero", que era una habitación especialmente dispuesta, se le hacía saltar
sobre un cajón y luego se lo arrojaba hacia atrás, en dirección a un bulto de paja o bolsas ubicado a regular distancia, esto último para hacerlo "trabajar" con las alas. En otras ocasiones se lo "manteaba", dejándolo caer sobre un bulto blando o sobre un catre, con el propósito de que adquiriese fortaleza en las patas; o se lo obligaba a caminar, describiendo un ocho, entre las piernas del "compositor". Un aspecto importante del entrenamiento eran Ios "golpeos" y "toreos", que se realizaban con la participación de otro gallo, al que se designaba en algunas regiones con el nombre de "mártir". En Don Fidel y la muerte del general Peyegrini el cuentista jujeño Daniel Ovejero registra, entre otras, esta faz del entrenamiento: "Cada día de por medio se lo toreaba, ejercicio que consistía en hacer que persiguiera a otro gallo que el toreador tenía en las manos y que esquivaba diestramente cada vez que el toreador iba a alcanzarlo. En el curso del tiempo que duraba el adiestramiento debía ser topado dos veces: el tope era un verdadero combate con otro gallo, pero se forraban cuidadosamente los espolones a fin de evitar las heridas. El primero era duro, o sea largo; el segundo blando, esto es, corto". En Buenos Aires al gallo que actuaba como "mártir" en los "topes" o "golpeos" también se le colocaba "piquera" y "vainillas", para que no dañase con el pico y los "machos" o espolones al animal que debía combatir. Los gallos recibían nombres muy variados, en relación con su plumaje o con alguna de sus características, pero eran frecuentes los sonoros y marciales, como Kaiser, General, Capitán, o los patrióticos, como General Belgrano y General San Martín, y no faltaban los nombres de políticos, como Alem, Ugarte y Juárez Celman, según noticia del citado Ovejero, con los que se transferían al "reñidero" las tormentas políticas de la época. El día convenido para la pelea se transportaba al gallo con grandes precauciones, encanastado, enjaulado o simplemente bajo el brazo, con "piquera" y "manea". Se encargaba del animal el propio "compositor" o bien un "corredor", que hacía las veces de "segundo" del gallo. En una pequeña balanza se lo pesaba en libras y onzas, según era corriente, y se le calzaban los "puyones" o púas de metal que usaría en el combate. A continuación el juez procedía a
revisarlo para descubrir algún posible "moquillo" o treta destinada a aventajar al contrario (aceite en el cogote, "unto"de zorro o león, etc.). Antes de la pelea se advertía a los presentes sobre el estado de ambos animales, si eran tuertos o "reparados", si eran "despicados", esto es con el pico roto, si se trataba de u "pollo" (animal no destroncado y de pata tierna) contra un "jaca".(destroncado), etc., y se los colocaba en el "reñidero", cuyo diámetro habitual era de 3,50 m, para dar comienzo al encuentro. Las apuestas se concertaban de antemano, pero entre los asistentes era frecuente que se aguardasen los primeros momentos de la riña para advertir cuál de los dos gallos era más rico" y acometedor, e inclusive que las apuestas continuasen hasta los lances finales, a favor de sus imprevisibles alternativas. En la jerga gallera bonaerense existían numerosos modismos para designar las diversas alternativas y lances de la riña. Así, se llamaba "tope" al ataque con las patas, "puñalada" al golpe de púa, y "mordida" a los golpes de pico. "Careo" era el enfrentamiento de ambos gallos, separados por una distancia no mayor de una cuarta. "Llegar a pico" era atacarse los animales con el pico, en los momentos preliminares, y "tiro de crédito" era la maña o golpe, generalmente mortal, que constituía la fama de determinados gallos (una "puñalada de toque" o un "tiro de revoleo", por ejemplo). "Salidas" eran las huidas del bicho frente a un ataque a fondo, y se decía que estaba "torcido" cuando se mareaba o fatigaba por el ímpetu del contrario. "Peinar" al gallo era rascarle la cabeza para reanimarlo, maniobra que solo se podía cumplir por indicación del juez; y "hasta rematar" era hacerlo combatir hasta la muerte o fuga del adversario, para lo cual se los "rozaba", obligándolos a embesirse y "dar pico". Cuando uno de los gallos quedaba ciego, por acción de los puazos y "mordidas" recibidos durante el combate, se afirmaba que estaba peleando "a oído" y si esto le ocurría a los dos, como era frecuente, se los introducía en el "tambor'', un recipiente de diámetro reducido que facilitaba el encuentro. Con la voz "tablas" se designaba al empate, y se decía que había "clavado el pico" el gallo derrotado. Las variadas alternativas de la lucha y la participación no siempre
leal de los "corredores" daban lugar, como es natural, a discusiones y protestas que los jueces del reñidero no siempre podían resolver satisfactoriamente. Para ayudarlos en su tarea y fijar, de paso, el patrón a que debía sujetarse el espectáculo, se redactaron varios reglamentos especiales, como el Oficial de 1861, el suscripto en 1870 por el Juez de Paz don Rafael Trelles u otro, que se publicó en La Plata en 1935, a manera de testimonio de la supervivencia casi clandestina del "reñidero". El francés Alfred Ebelot consignó, en su libro La Pampa (1890), el espectáculo vibrante y sangriento de la "gallera" rural. En nuestra literatura tocaron el tema, entre otros, Leopoldo Lugones (el capítulo "Jarana" de La guerra gaucha), Ricardo Güiraldes (Don Segundo Sombra, capitulo XIII), el ya mencionado Daniel Ovejero y Luis Franco, que lo aborda en su recomendable Desquite.

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Gallos de Pelea en Chile

 

 A propósito de lo señalado por don Ricardo y don Luís hace tiempo que tenia ganas de escribir algo sobre ese punto, lógicamente que No basta este medio para exponer la historia del gallo en Chile, pero tratare de resumir para UD. Y los demás amigos algo de lo que he podido averiguar sobre ese punto, el cual estimo muchos otros han herrado sobretodo en lo que se refiere al tipo del gallo original traído a nosotros por los españoles.
El antecedente del gallo chileno lógicamente que hay que buscarlo antes que nada en los gallos de pelea que trajeron consigo los españoles en el siglo XVI, y respecto al tipo de éste gallo tenemos que decir que no es propiamente el gallo bankivoide. Existía una base bankiva que fue introducida por fenicios, griegos y romanos, pero recordemos luego las invasiones bárbaras orientales que afectaron a España, primero los Hunos, que ingresan al sur de Andalucía en el 443 al 446 de nuestra era, y que traen gallos pequeños pero fuertes, de unos 1.350 a 1.400 Kg, luego los vinieron las hordas de tribus bárbaras también de origen oriental, como los Suevos, Vándalos y Alanos, y godos, cuyas aves no eran bankivas sino de tipo oriental, capaces de resistir los duros climas de las estepas euroasiáticas de donde provenían esas gentes.
Después entrado el siglo XVI España era un imperio que abarcaba territorios tanto en Europa, África y Asia para nombrar lugares donde ya los gallos de pelea eran una afición por miles de años. Los navegantes, comerciantes, y soldados tanto españoles como portugueses se encontraron en oriente con una afición milenaria y se encargaron de llevar esos gallos a todos los rincones de su imperio, mezclándolo con sus propias aves de procedencia ibérica.
Así ya en el siglo XVI se hablaba de los famosos gallos Jerezanos, que fueron de los primeros gallos españoles exportados a América.
(Según la autora española Teresa Lozano Arrendares)
Todavía en las Canarias se puede ver queda algo de ese antiguo gallo español, porque ahí un se mantienen las peleas con espuelas naturales o postizas de naturales. (Recordemos que todo barco que llegaba América recalaba en las canarias ello nos da una idea de la influencia de los gallos canarios en los nuestros).
Así es como llega el gallo de combate a América, no es un gallo bankivoide como se nos ha hecho creer, no podía serlo porque tal raza no se adecuaba al tipo de peleas y armas que se dieron naturalmente acá en Sudamérica durante la colonia y hasta bien entrado el sigo XX. Así en Chile las peleas en sus inicios fueron primero con armas naturales propias o postizas sin prensar. ( así aun se pelea en algunas localidades de la zona de Arauco ). Se peleaba a "los careos", con lo que dichas riñas eran de duración considerable.
En consecuencia las modalidades de combate exigían y exigen un gallo fuerte, de gran capacidad para resistir castigo, un gallo fuerte de patas, y de cogote, cruzado, escondido o con otras técnicas defensivas. Pude verse entonces que en el gallo chileno la mezcla entre el gallo español peninsular (que ya dije no era un bankiva puro sino un mestizo con oriental) con los asiles y malayos se produjo muy tempranamente y fruto del comercio legal y del contrabando con oriente en los primeros siglos de la colonia. La ubicación geográfica del país sus numerosos puertos que facilitaron maS que en otras colonias la introducción de esas fuertes estirpes de gallos de combate.
Respecto de la sangre inglesa del gallo de pelea, ella se da a partir del siglo XVIII con la apertura de los primeros palenques "oficiales", siendo el primero de ellos inaugurado en la ciudad y puerto de Valparaíso a mediados de ese siglo. Recordemos que Felipe V en 1727 autorizo estos recintos que debían pagar una renta o impuesto en beneficio de la Real Hacienda, esto vino dar carácter legal al juego de gallos.
Para cualquier chileno es conocida la profunda influencia que en todo ámbito tuvieron los ingleses en Chile y sobre todo en el puerto de Valparaíso, por mucho tiempo la sede la afición de los gallos en Chile. La introducción de los gallos ingleses de pelea y su mezcla con el criollo a dado que en muchos lugares de nuestro país aun se designe a los gallos de combate como "Gallos Ingleses", y creo que en Perú ocurre otro tanto.
No hay antecedentes en Chile de una introducción significativa de asiles o malayos en los 2 últimos siglos, pero es evidente que esas sangres están en el gallo Chileno, pero no por importación de Argentina o Brasil, sino que fruto de introducciones de épocas coloniales y directamente de países del Asia. Solo en el ultimo
tiempo el contacto con galleros de Argentina y Brasil, a permitido introduciré por algunos galleros del centro del país nuevas sangres de esas estirpes, que se diferencian en gran manera con el gallo local que es menos pesado, no tan alto y mucho mas rápido en el combate.
Un saludo para Uds.
Miguel Chaparro Zenteno.

 

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RIÑAS DE GALLOS ALFREDO EBELOT

 

“Los conocía desde Buenos Aires, en que no pasan de ser tolerados, y tienen un edifi cio
propio que recibe cada domingo un centenar de afi cionados, verifi cándose las riñas con
una seriedad escasamente pintoresca. ¡Qué distintas eran las cosas en la Banda Oriental! El
reñidero se instalaba en el patio de una confi tería, al pie de dos o tres raquíticos naranjos.
Bastaba al efecto un pequeño circo portátil de lona, con tan liviana armazón de madera que
podía llevarse con una sola mano.
En el fondo del patio estaban en línea las jaulas de los gallos de riña, cuidados con
tanto esmero como un stud de parejeros. Cada habitante tenía su nombre y genealogía
-generalmente oral, sin duda-. Para que pueda llevarse un studbook en regla, será preciso
que el leer y escribir se generalicen entre los apostadores.
Apenas armado el circo y guarnecido su interior con una capa de linda arena, los jugadores
acudieron. Cada uno llevaba debajo del brazo su gallo tapado con un poncho, y se hicieron
las apuestas: “¿Cuánto pesa su gallo? “Tantas libras”. “El mío pesa solamente tantas”.
Tratan de oponer uno a otro dos gallos del mismo peso, cuando sus demás condiciones son
análogas. Pero tal gallito todo nervios podrá competir ventajosamente con un gallo grande
todo huesos.
Esto depende de la casta, de la preparación, de la destreza en la esgrima de la púa, de los
antecedentes del padre, de gloriosa memoria. Son otras tantas cuestiones que se discuten
horas enteras entre dueños de gallos. Los que quieren apostar miran, escuchan, toman
apuntes mentales, palpan sus pesos de plata en el bolsillo, al establecer el cálculo de sus
pollas, sin juego de palabras, absorto el pensamiento y relucientes los ojos.
En fi n, se pusieron dos gallos en presencia. Uno era viejo, pelado y tuerto. Su dueño era un
gaucho ya entrado en años que se le parecía bajo varios conceptos. Por lo demás bien en
punto, nada cargado en carnes, superiormente preparado -el gallo, se entiende-, y diestro,
según se decía, como el diablo para pegar en plena garganta al adversario.
El otro era un gallo nuevito que se estrenaba. Su padre había sido célebre, su madre era
cualquier cosa. Le faltaba, aseguraba su propietario, cuatro o cinco días de preparación.
Un criador serio de gallos avalúa esto con una aproximación de horas. Pero el gaucho viejo
sostenía que esta aserción no pasaba de un ardid, que se hallaba en el estado preciso.
El gallito arrancó bien. Tenía furia. Abusaba tal vez del pico, ensangrentando la cabeza de
su contrario; pero si no consiguen hundir el cráneo, tales golpes no son decisivos. Dos o tres
puazos que dirigió el viejo, y que me parecieron fi rmes, determinaron, a pesar de esto, una
baja en sus acciones. “Es torpe”, decían los entendidos, y el viejo gaucho aumentaba sus
apuestas, jugaba contra todo el mundo.
Su gallo, chorreando sangre, erizadas las plumas, se cansaba visiblemente. El gallo nuevito
adquiría mayor fi jeza a medida que se le apagaban los bríos. Los últimos cinco minutos
-el asalto duró unos veinte- fueron palpitaciones. El gallo viejo, con su único ojo tapado
por la sangre, ocultó su cabeza, que laceraba el terrible pico, debajo del ala del otro, y
ambos dieron vueltas algún tiempo sin que hubiese forma que la sacase. Las apuestas se
multiplicaban rápida y gravemente, en voz baja

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